INTERVENCIÓN DE JOSÉ MARÍA AZNAR
(Valencia, 20 de enero de 2009)
Tengo el privilegio de recibir el doctorado “honoris causa” con el que la Universidad CEU Cardenal Herrera me ha distinguido.
Me siento profundamente honrado y sinceramente agradecido al incorporarme en este acto a vuestra comunidad académica.
Desde que cumplí mi compromiso público –contraído con los españoles muchos años antes– de dejar la política activa, la Universidad forma parte de mi vida. Como profesor de la Universidad de Georgetown, como conferenciante habitual en foros académicos y, desde luego, como Presidente de una fundación –la Fundación FAES– que se precia de su colaboración y diálogo con la Universidad.
Esta Universidad CEU Cardenal Herrera, firmemente arraigada en la sociedad de la que forma parte, contribuye a su desarrollo con la formación y con el estudio. Unir conocimiento y valores, reconocerse parte de un legado cultural y otorgar a sus raíces cristianas el valor que merecen, es un esfuerzo a menudo descalificado.
No se trata de una reivindicación religiosa, que puede carecer de sentido para un sector más o menos amplio de la sociedad. Tampoco hablamos de pretensiones confesionales que están fuera
de lugar en una sociedad plural. Se trata simplemente de una necesidad cultural, de la conservación de nuestra identidad europea y occidental.
Una identidad de raíces cristianas que es posible defender desde posiciones laicas y desde posiciones confesionales. El Papa Benedicto XVI, en su encuentro en París con intelectuales franceses el 12 de septiembre del año pasado, abogó por una “laicidad positiva”. Entonces, Benedicto XVI alertó sobre la prueba a la que la cultura occidental está sometida por la tensión ejercida sobre ella desde dos extremos: por una parte, la “arbitrariedad subjetiva” y, por otra, el “fanatismo fundamentalista”. “Sería fatal –añadía– si la cultura europea de hoy llegase a entender la libertad sólo como la falta total de vínculos, y con esto favoreciese inevitablemente el fanatismo y la arbitrariedad. Falta de vínculos y arbitrariedad no son la libertad sino su destrucción”.
Siempre me ha animado la confianza en mi país. La confianza en mis compatriotas. La ambición por construir entre todos una sociedad mejor. La ambición de que España sea una de las mejores
democracias del mundo. Mantengo esta confianza y esta ambición para España. Éste es el sentido sereno del patriotismo que comparto con la inmensa mayoría de los españoles. Con todos los que, sin estridencias ni alharacas, quieren trabajar cada día por lograr un futuro mejor para los suyos y para su país. Vivimos unos momentos especialmente difíciles para España.
Desde el compromiso con mi país, que nunca abandonaré, participo de la profunda preocupación que muchos sentimos por el presente y el futuro común. La historia de España ha servido demasiadas veces para justificar el pesimismo. Permítanme que hoy acuda a nuestra Historia reciente para acreditar que juntos hemos vivido un largo periodo de confianza, de ambición compartida y de éxito en común. Creo que esta realidad vivida por las recientes generaciones de españoles debería servirnos para revitalizar la esperanza que debemos depositar en nosotros mismos. Lo necesitamos con urgencia.
España ha vivido tres décadas de formidable transformación política, económica y social. Ha sido un periodo de éxito sostenido. La transformación fundamental fue construir entre todos un sistema democrático pleno y perfectamente homologable a cualquier país normal y avanzado. Hubo que superar las amenazas de la ruptura, del inmovilismo, del revanchismo y del afán de división. Lo logramos. Hubo una generación de españoles responsables que no dio la espalda a su historia y que logró pasar de la dictadura a la democracia; de la ruptura a los objetivos compartidos; del inmovilismo a un proyecto de futuro; del revanchismo al espíritu de concordia; y del afán de división a un afán común que integraba la diversidad.
Esa generación de españoles tuvo el acierto de proyectar y construir una Monarquía parlamentaria que dio forma a nuestro sistema institucional con la voluntad de cerrar viejas heridas. Ese caudal cívico, impulsado por una extraordinaria generación de políticos liderada por Adolfo Suárez, y sustentado en la acción integradora de la Corona, fundó un régimen de libertades garantizado por un Estado de Derecho efectivo. Esa corriente ciudadana convocó a la totalidad del arco político y social, y despertó nuestras mejores virtudes; las que nos permitieron la normalidad democrática, la modernización económica y social de España, y una presencia internacional creciente.
Los equilibrios que se alcanzaron durante el proceso constituyente pretendían acomodar a todos los que deseaban hallar acomodo. Desde ese presupuesto histórico –y no otro– debe ser entendida la apertura que caracteriza el modelo que exhibe nuestra Constitución. No se trataba de aplazar la ruptura sino de facilitar la concordia.
Los españoles entendimos que la convivencia pacífica vale más que el cumplimiento de los objetivos partidarios de cada uno. Aprendimos a ser adversarios políticos porque renunciamos a
mirarnos como enemigos.
Esta Universidad puede estar muy orgullosa de haberse distinguido en la defensa de la memoria y la dignidad de las víctimas. Sobre todo en momentos, no muy lejanos, en los que las víctimas quedaron desamparadas. En estos años de éxito democrático hemos logrado también una modernización económica y social sin precedentes. Los logros han sido numerosos: La integración activa en Europa y la exitosa participación de nuestro país en la fundación del euro. La incorporación de la mujer al mercado de trabajo y a todas las esferas de la sociedad. La consolidación de un Estado de Bienestar avanzado y la extensión efectiva de la educación universitaria a todas las capas de la sociedad.
En fin, una economía dinámica que ha permitido dar un salto histórico en el número de personas ocupadas, y que ha atraído a millones de inmigrantes hacia nuestro país como tierra de oportunidades.
España rompió su aislamiento. Pudo abrirse al mundo gracias a su éxito interno. El mundo también miró a España con otros ojos porque demostramos que podíamos ser un país relevante y, a veces incluso hasta admirable. Supimos organizar con brillantez grandes acontecimientos de proyección mundial: políticos, culturales y deportivos.
El éxito de la Transición española, y el prestigio ganado por la Corona inspiraron los mejores esfuerzos de democratización en Iberoamérica. En estos años, sobre una realidad histórica, cultural y humana compartida, renovamos el tejido de nuestra relación con los países iberoamericanos, con la libertad y la democracia como referencia.
El 1 de enero de 1989, el presidente González –que tres años antes había firmado el ingreso de España en la Comunidad Europea- asumió por primera vez en nuestra representación la presidencia europea. Nuestro país retornaba como uno más al concierto de las democracias europeas.
El 1 de enero de 1999 España se incorporó al euro. Pasamos a convertirnos en un motor de Europa como socio fundador de la moneda común. Ascendimos un peldaño más al alcanzar un objetivo nacional que toda la sociedad española vio como valioso y se esforzó por conseguir desde unas difíciles condiciones de partida.
Hoy se pone bajo sospecha la mera apelación a objetivos compartidos.
En nuestro actual mercado político se busca rentabilizar la radicalidad, la exclusión y el extremismo beligerante contra la Constitución. Se desdeñan por anticuados todos los proyectos nacionales. En suma, parece haberse impuesto un relato oficial que desacredita el Pacto de la Transición en beneficio de la radicalidad y de la ruptura, del revisionismo más estéril, y de la división de la sociedad española. Deberíamos estar preocupados por que las consecuencias de todo esto no se traduzcan en un deterioro institucional, del que ya son visibles ciertos síntomas. También deberían preocuparnos los episodios de enfrentamiento territorial que, en algunos casos, ya son evidentes. Se ha instalado entre nosotros la errónea creencia de que la relación entre el Estado y las Comunidades Autónomas es un ejercicio de suma cero que debe ir en una sola dirección, como si todo lo que pierde el Estado lo ganaran las Comunidades Autónomas.
Estamos en el absurdo de pensar que mientras el todo se empobrece las partes pueden hacerse más ricas. En el absurdo de considerar que el único Estado aceptable es un Estado residual. Pero sabemos que no es así. Sabemos que con un Estado débil perdemos todos.
Cuando llegó la crisis económica ya estábamos sumergidos en una crisis de cohesión política, de ideas y de valores. Esto contribuye también a explicar la diferencia del impacto y la profundidad de la crisis en España. Se ha pretendido ignorar la realidad. Pero Ortega ya nos advirtió de que la realidad que se ignora prepara su venganza. Y la venganza de la realidad se manifiesta en la amarga cara de una crisis que será dura, prolongada y profunda. Será más dura, más prolongada y más profunda cuanto más tardemos en afrontarla con todo el empeño y la determinación que la situación requiere.
No es el momento de la resignación sino la hora de la esperanza. A pesar de la gravedad y de la profundidad de las crisis que padecemos –una crisis económica, una crisis política, una crisis de ideas y de valores- es posible recuperar la confianza en nuestro futuro común y volver al camino de éxito y progreso que recorríamos no hace tanto tiempo. Ahora lo que debemos preguntarnos no es tanto ¿qué nos pasa? sino ¿qué debemos hacer?, como nos enseñó Julián Marías. Quizá lo primero sea reconocer que la situación actual va más allá de una simple crisis de alternancia política. Necesitamos plantearnos con claridad una ambiciosa agenda de reformas políticas, económicas e institucionales, a través de los instrumentos jurídicos adecuados y con el consenso necesario.
La apertura del modelo autonómico no debe comprometer la viabilidad del Estado. El modelo es flexible para que funcione, no para que colapse. Hemos pasado de reconocer la pluralidad a cuestionar lo común. Y esto no nos fortalece. Nos debilita.
Una nación con la proyección histórica y el dinamismo de España no tiene motivo para dar la espalda a la realidad ni caer en el desánimo. Nunca he creído en las maldiciones históricas. Ningún país está condenado al fracaso, como durante tanto tiempo creyeron algunos en España. Tampoco creo que ninguna nación tenga garantizado el éxito permanente. Necesitamos prestigiar lo común para reunir las energías hoy dispersas en afanes disgregadores y banales. Necesitamos generar una gran corriente de opinión que actualice la esencia del proyecto modernizador que representó la Transición. Necesitamos restablecer el caudal de confianza que se requiere para enfrentar las dificultades actuales.
Recuperemos, entre todos y para todos, la ambición de hacer de España una de las mejores democracias del mundo.








